Mientras muchos directivos analizan la inteligencia artificial desde la óptica de la productividad o la automatización, Joaquín Ramírez propone una reflexión diferente. Para él, el verdadero desafío no está únicamente en la tecnología, sino en cómo puede alterar nuestra forma de pensar, de trabajar y de relacionarnos. A lo largo de esta conversación apenas habla de herramientas concretas. Prefiere detenerse en cuestiones como el pensamiento crítico, la confianza, la regulación, la responsabilidad de los líderes y el riesgo de construir una sociedad en la que deleguemos cada vez más decisiones en sistemas que todavía están lejos de ser infalibles. Su visión combina curiosidad tecnológica con una notable prudencia. Considera que la inteligencia artificial abrirá oportunidades extraordinarias para las empresas, pero insiste en que la ventaja competitiva seguirá dependiendo del criterio de las personas y de la capacidad de las organizaciones para utilizarla con sentido común.
¿Cómo describes el momento actual de la inteligencia artificial dentro de vuestro sector: expectativa, transformación real o todavía exploración?
Creo que estamos viviendo una mezcla de las tres cosas. Existe una enorme expectativa porque prácticamente cada semana aparecen nuevas herramientas, nuevas capacidades y nuevos casos de uso. Al mismo tiempo, muchas organizaciones ya están obteniendo resultados concretos y comienzan a transformar su forma de trabajar. Sin embargo, también seguimos en una fase de exploración, porque nadie conoce todavía cuál será el alcance real de esta revolución. Lo que más me llama la atención es la velocidad con la que la inteligencia artificial está entrando en nuestra vida cotidiana. Apenas somos conscientes de ello y, sin embargo, ya la utilizamos para buscar información, redactar documentos, organizar tareas o tomar decisiones. Ese carácter casi silencioso de la transformación es precisamente uno de los aspectos que más me hacen reflexionar.
¿Cuál fue el primer momento en el que entendiste que la IA iba a tener un impacto real en tu compañía?
No hubo un único momento concreto. Fue más bien un proceso de acumulación de señales. Comencé a utilizar herramientas de inteligencia artificial para cuestiones personales y profesionales y comprobé que podían ayudarme a resolver problemas cotidianos con una rapidez sorprendente. Después empecé a observar cómo otros sectores incorporaban estas soluciones y entendí que no estábamos ante una moda pasajera, sino ante una tecnología con capacidad para transformar prácticamente cualquier actividad basada en el conocimiento. En ese momento comprendí que también debíamos empezar a analizar qué aplicaciones podían tener dentro de nuestra organización.
¿Dónde estás viendo ya aplicaciones prácticas o resultados tangibles?
Las primeras aplicaciones aparecen sobre todo en tareas relacionadas con la gestión del conocimiento y el tratamiento de la información. Permiten resumir documentación, preparar informes, organizar ideas, analizar información compleja o generar primeros borradores que posteriormente revisamos las personas. Eso libera tiempo para dedicarlo a actividades de mayor valor añadido. Sin embargo, creo que todavía debemos actuar con prudencia. La inteligencia artificial es extraordinariamente útil, pero sigue cometiendo errores y todavía necesita supervisión humana. No podemos caer en la tentación de aceptar automáticamente todas sus respuestas. La responsabilidad última continúa siendo de las personas.
¿Qué áreas crees que van a transformarse antes: operaciones, atención al cliente, análisis, ventas, rrhh, finanzas…?
Las primeras transformaciones llegarán allí donde existe una mayor carga de información y procesos repetitivos. Áreas como administración, atención al cliente, análisis de datos o gestión documental experimentarán avances muy importantes. Pero, más allá de departamentos concretos, creo que la inteligencia artificial acabará afectando a toda la organización. No porque vaya a sustituir a las personas, sino porque modificará la forma en que todos realizamos nuestro trabajo. Cada profesional tendrá acceso a herramientas capaces de ampliar enormemente su capacidad de análisis y de generación de conocimiento.
¿Qué te ha sorprendido más de la IA: su capacidad o la velocidad del cambio?
Sin duda, la velocidad. Estamos asistiendo a una evolución tecnológica extraordinariamente rápida. Hace apenas dos años muchas de las aplicaciones que hoy utilizamos parecían ciencia ficción y, sin embargo, ahora forman parte de nuestra actividad diaria. Pero esa velocidad también obliga a ser prudentes. Con frecuencia tendemos a sobrevalorar las capacidades inmediatas de una nueva tecnología y a infravalorar sus consecuencias a medio y largo plazo. Creo que con la inteligencia artificial está ocurriendo algo parecido. Nos impresiona lo que ya puede hacer, pero probablemente todavía no alcanzamos a comprender cómo transformará nuestra forma de vivir, de trabajar o incluso de relacionarnos como sociedad.
¿Cómo está reaccionando la gente ante la IA: curiosidad, miedo, resistencia o entusiasmo?
Veo una combinación de curiosidad e incertidumbre. La mayoría de las personas perciben que estamos ante un cambio importante y quieren entender cómo puede afectarles. Al mismo tiempo, también aparecen dudas razonables. ¿Hasta dónde llegará? ¿Qué tareas desaparecerán? ¿Qué nuevas competencias serán necesarias? Creo que esas preguntas son completamente normales. Lo importante es que el debate no se plantee únicamente en términos de amenaza o de sustitución del empleo. La inteligencia artificial debe entenderse como una herramienta que amplía capacidades, pero que no elimina la necesidad del criterio humano.
¿Qué habilidades cree que serán más importantes en los próximos cinco años?
Si tuviera que destacar una, sería el pensamiento crítico. Vivimos rodeados de información y cada vez dispondremos de más respuestas generadas automáticamente. Precisamente por eso será más importante que nunca saber interpretar, contrastar y cuestionar esa información. No podemos delegar completamente nuestra capacidad de juicio en una máquina. Además del pensamiento crítico, considero esenciales la curiosidad intelectual, la capacidad de aprendizaje continuo y la adaptación al cambio. Son competencias que ya eran importantes antes de la inteligencia artificial, pero que ahora adquieren una relevancia todavía mayor.
¿Qué riesgos te preocupan más: tecnológicos, regulatorios, culturales o de pérdida de competitividad?
Probablemente el mayor riesgo sea pensar que la inteligencia artificial puede sustituir completamente el criterio de las personas. La tecnología avanza muy deprisa y ofrece resultados cada vez más sofisticados, pero sigue siendo una herramienta. Quienes toman decisiones continúan siendo las personas y, por tanto, la responsabilidad última no puede delegarse. También me preocupa que la regulación no encuentre el equilibrio adecuado. Necesitamos normas que aporten seguridad jurídica y protejan a las personas, pero evitando que se conviertan en un freno para la innovación. Europa tiene una enorme responsabilidad en este sentido. Y existe otro riesgo del que se habla menos: el impacto social. Si la productividad aumenta de forma muy significativa gracias a la inteligencia artificial, tendremos que replantearnos muchas cuestiones relacionadas con el empleo, el consumo y la redistribución de la riqueza. Son debates que probablemente tendremos que afrontar antes de lo que pensamos.
¿Crees que las empresas que no incorporen IA de forma seria quedarán fuera del mercado?
No creo que todas desaparezcan, pero sí estoy convencido de que perderán competitividad. La inteligencia artificial no será el único factor que determine el éxito de una organización, pero sí marcará diferencias importantes en productividad, calidad de servicio y capacidad de adaptación. Como ha ocurrido en otras revoluciones tecnológicas, las empresas que aprendan antes a utilizar estas herramientas partirán con ventaja. Ahora bien, incorporar inteligencia artificial no consiste únicamente en comprar tecnología. Requiere liderazgo, formación, cambios organizativos y una reflexión profunda sobre cómo integrarla en los procesos de la empresa.
¿Canarias está preparada para competir en un entorno empresarial impulsado por IA?
Creo que Canarias tiene capacidad para hacerlo. Disponemos de talento, universidades y empresas que están realizando un esfuerzo importante por adaptarse. Sin embargo, debemos ser conscientes de que el tamaño de muchas organizaciones limita su capacidad de inversión y de experimentación. Por eso será fundamental fomentar la colaboración entre empresas, universidades, administraciones públicas y centros de conocimiento. La inteligencia artificial ofrece una oportunidad para reducir algunas de las desventajas derivadas de nuestra condición insular, pero aprovecharla dependerá de nuestra capacidad para formar talento y acelerar la transformación digital del tejido empresarial.
¿La IA es hoy una prioridad estratégica real o todavía una conversación de innovación?
Cada vez es más una cuestión estratégica. Hace muy poco tiempo era un tema reservado a departamentos tecnológicos o de innovación. Hoy forma parte de las conversaciones de los consejos de administración y de los comités de dirección. Eso no significa que todas las empresas tengan ya una estrategia definida, pero sí que existe una conciencia creciente de que esta tecnología terminará afectando a prácticamente todos los sectores. La cuestión ya no es si habrá que incorporarla, sino cómo hacerlo y con qué velocidad.
¿Qué le preocupa más: adoptar IA demasiado lento o demasiado rápido?
Me preocupan ambas situaciones. Avanzar demasiado despacio puede hacer que una organización pierda competitividad. Pero implantar soluciones precipitadamente, sin comprender sus implicaciones o sin preparar adecuadamente a las personas, también puede generar problemas importantes. Creo que el equilibrio consiste en experimentar, aprender y avanzar de forma progresiva, incorporando aquellas aplicaciones que realmente aporten valor. La velocidad es importante, pero todavía lo es más la calidad de las decisiones.






